#NotasAlAire de Ginna Medina
A muchos de los candidatos y de las candidatas les cayó como anillo al dedo esta temporada de fútbol y Copa del Mundo.
La mayorĆa de nosotros estamos pendientes de los partidos de la selección mexicana, de los goles de las grandes estrellas como MbappĆ©, Messi, Cristiano Ronaldo, Haaland o Kane. Entre la emoción de los encuentros, los pronósticos y las celebraciones, solemos dejar en segundo plano nuestra capacidad para analizar con detenimiento las propuestas, trayectorias y antecedentes de quienes aspiran a ocupar cargos pĆŗblicos. Y es justamente ahĆ donde algunos nos meten gol.
Fotos con la playera de México bien puesta, discursos de apoyo al equipo nacional, invitaciones a ver partidos en plazas públicas y mensajes de unidad nacional. Propaganda electoral disfrazada de ambiente futbolero.
No es casualidad. La polĆtica moderna entiende perfectamente el poder de los sĆmbolos y las emociones. Un candidato que aparece celebrando un gol busca transmitir cercanĆa; quien comparte la pasión de las multitudes intenta asociar su imagen con sentimientos positivos como la alegrĆa, la esperanza y el orgullo nacional.
El problema surge cuando la emoción sustituye a la reflexión.
Mientras discutimos alineaciones, resultados y polémicas arbitrales, pocas veces nos detenemos a preguntar cómo votaron nuestros representantes en temas importantes, qué tan viables son las promesas que escuchamos o cuÔles han sido los resultados de quienes hoy buscan mantenerse o llegar al poder.
El fútbol, como cualquier otra manifestación cultural, no es el problema. El problema es cuando permitimos que el espectÔculo ocupe el lugar que corresponde al anÔlisis ciudadano.
La democracia exige algo mÔs que pasión. Exige memoria, criterio y participación informada.
Porque despuĆ©s de que se apagan las luces del estadio, terminan los festejos y se guarda la playera de la selección, las decisiones de quienes resulten electos seguirĆ”n afectando nuestra seguridad, nuestra economĆa, nuestra educación y nuestra calidad de vida.
Los mundiales duran unas semanas.
Las consecuencias de nuestro voto pueden acompaƱarnos durante aƱos.
Por eso, entre cada partido, cada gol y cada celebración, vale la pena hacer una pausa y recordar que, como ciudadanos, también estamos jugando nuestro propio campeonato. Y en ese partido, el marcador se define en las urnas, no en la cancha.