A Pata por Erick Bortolotti
Hay días en los que uno se sube al Uber, al camión o simplemente se sienta a esperar en una fila… y parece que el mundo ya no está ahí.
Está en la pantalla.
Bajan la cabeza. Y ahí empieza el ritual moderno: deslizar, deslizar, deslizar.
Video… no me gustó. Siguiente.
Meme… tampoco. Siguiente.
Noticia… a medias. Siguiente.
Y así, como si la vida fuera un canal infinito que nadie termina de ver.
Hace años el problema era el zapping del control remoto. Ese que cambiaba de canal cuando la película estaba “medio aburrida”.
Hoy ya ni eso.
Hoy el zapping es interno.
Ni siquiera necesitas apretar nada.
La cabeza lo hace sola.
Estás viendo algo y ya estás pensando en otra cosa. Estás escuchando a alguien y ya te llegó otra notificación. Estás leyendo algo y ya te fuiste a otro lado sin darte cuenta.
Y uno se pregunta: ¿en qué momento aprendimos a no quedarnos?
Recuerdo que alguna vez se decía que el cerebro tenía unos siete segundos de atención. Luego cinco. Luego menos. Hoy dicen que tres. Mañana quién sabe.
Pero más que una cifra, lo que cambió no fue el cerebro.
Fue la paciencia.
La paciencia para ver si algo vale la pena.
Antes te sentabas porque no había otra cosa.
Hoy te paras porque hay demasiadas.
Y entonces aparece esta nueva forma de vida: el scroll infinito.
En el transporte público, en el supermercado, en la sala de espera, en la fila del banco… todos estamos conectados, pero no necesariamente presentes.
Y aquí viene lo curioso.
La gente no solo consume contenido.
Consume estímulos.
Uno tras otro.
Sin pausa.
Sin silencio.
Sin espacio.
Como si el silencio ya incomodara.
Y tal vez ahí está el punto más fuerte de todo esto. Porque antes el aburrimiento era parte de la vida.
Hoy el aburrimiento dura lo que tarda el dedo en encontrar otro video.
Y mientras tanto, entre scroll y scroll, dejamos pasar cosas más grandes que cualquier pantalla.
Conversaciones.
Momentos.
Personas.
Instantes que no tienen replay.
Pero no todo es negativo. También hay otra cara.
La misma tecnología que nos dispersa, también nos acerca.
Hay quien usa el celular para hablar con su hija y sentirla cerca aunque esté lejos.
Hay quien aprende, trabaja, se informa o se reinventa gracias a una pantalla.
El problema no es la herramienta.
El problema es quién la sostiene.
Porque el celular no decide por nosotros.
Nosotros decidimos… aunque a veces no lo parezca.
Y ahí es donde aparece la pregunta que no es cómoda, pero sí necesaria:
¿Quién usa a quién?
Porque cuando tú decides buscar algo, tú usas la tecnología.
Pero cuando pasas una hora sin recordar qué viste… quizá la tecnología ya te usó a ti.
Y no es un juicio.
Es una observación.
De esas que uno hace cuando ha visto suficiente gente con la cabeza abajo en un mundo que sigue pasando frente a los ojos.
Tal vez el problema no es que ya no tengamos tiempo.
Tal vez el problema es que estamos tan ocupados consumiendo segundos… que dejamos de vivir los minutos.
Y mientras uno sigue caminando, manejando o simplemente observando desde la calle… queda la sensación de que el verdadero zapping no está en la televisión.
Está en nosotros.
En la cabeza.
En el dedo.
En la ansiedad de no quedarnos demasiado tiempo en un solo lugar.
Porque quedarse… hoy también es una decisión.