A pata
Por Erick Bortolotti
Mañana 11 de junio ocurrirá algo extraordinario.
No, no hablo del primer partido del Mundial.Tampoco de los millones de visitantes que llegarán al país.
Mucho menos de los discursos oficiales que nos dirán que estamos viviendo un momento histórico.
Hablo de algo más simple y más poderoso.
Durante unas horas, México desaparecerá.
Y antes de que alguien me acuse de andar fumando cosas raras, déjenme explicarme.
Días antes de la inauguración estuvimos hablando de todo. De la inseguridad. Del tráfico infernal. De los bloqueos. De los maestros de la CNTE. De las madres buscadoras. De los políticos. De los baches. De las obras interminables. De las broncas que conocemos de memoria porque convivimos con ellas todos los días.
Las redes sociales estaban llenas de reclamos.
Los noticieros llenos de análisis y entrevistas.
Los expertos dando explicaciones llenas de tecnicismos interminables.
Y entonces llegará la hora señalada.
Se apagarán las luces.
Las cámaras apuntarán al estadio.
Comenzará la ceremonia inaugural.
Y aparecerá Shakira.
En ese momento, millones de personas dejarán de hablar de todo lo demás.
X, Facebook, Instagram, TikTok y cualquier plataforma que exista para entonces comenzarán a llenarse de videos, fotografías, memes, reacciones y comentarios.
La conversación mundial cambiará de tema.
No porque los problemas hayan desaparecido.
Sino porque apareció algo más fuerte: un espectáculo capaz de capturar la atención del planeta entero.
Y ahí es donde está el verdadero negocio.
Porque mientras nosotros creemos que estamos viendo fútbol, otros están vendiendo emociones.
La FIFA vende patrocinadores.
Las televisoras venden publicidad.
Los restaurantes venden mesas.
Los bares venden cerveza.
Los hoteles venden habitaciones.
Los vendedores ambulantes venden banderas y camisas piratas.
Los creadores de contenido venden reproducciones.
Y Shakira vende atención.
Todos están comerciando exactamente con la misma mercancía.
La emoción.
Por eso el Mundial no sólo es un torneo deportivo.
Es una gigantesca fábrica de conversaciones.
Y quien controle la conversación controla la atención.
Y quien controla la atención termina generando dinero.
Mucho dinero.
Quizá por eso una cantante puede convertirse durante unas horas en una figura tan importante como los futbolistas que estarán dentro de la cancha.
Porque en estos tiempos, la fama ya no se mide únicamente en discos vendidos o en goles anotados.
Se mide en la capacidad de lograr que millones de personas miren hacia el mismo lugar al mismo tiempo.
Por eso, cuando escuchemos los primeros acordes de la ceremonia inaugural y ruede el balón, México no habrá dejado de tener problemas.
Simplemente habremos decidido hablar de otra cosa.
Aunque sea por noventa minutos.
O por un Mundial entero.