#NotasAlAire por Ginna Medina
¿Qué me llevó a escribir hoy sobre este tema? Todo detonó con un repentino frenesí en mis redes sociales. De la nada, mi celular comenzó a inundarse de notificaciones con solicitudes de amistad y nuevos seguidores; la inmensa mayoría, perfiles de hombres.
Ignoré muchas por la evidente sospecha de que eran cuentas falsas, pero decidí aceptar otras al notar amigos o intereses en común. Fue justo ahí donde me topé de frente con el primer habitante de ese rincón sombrío de internet.
El sujeto detrás de la pantalla inició con el guion clásico: un inofensivo “Hola, ¿cómo estás?, ¿de dónde eres?”. Sin embargo, bastaron unos minutos para que la máscara cayera. Pasó a exigirme detalles sobre mi ropa interior para, acto seguido, enviarme una fotografía no solicitada de su miembro erecto.
Ante esta situación, decidí llevar a cabo un pequeño experimento: comencé a aceptar de forma indiscriminada decenas de solicitudes de amistad y seguimiento. El resultado fue inmediato y mi bandeja de mensajes privados pronto se vio saturada de contrastes. Si bien recibí conversaciones inocentes y bien intencionadas, e incluso algunas con pretensiones genuinas de entablar un romance, la otra cara de la moneda fue brutal. Entre esos mensajes se filtró la podredumbre: una avalancha de textos lascivos, acoso abierto y exigencias descaradas de fotografías íntimas o comprometedoras.
A este tipo de agresiones, tan normalizadas como violentas, nos enfrentamos diariamente mujeres adultas y menores de edad al otro lado de la pantalla. Y este es solo el primer escalón.
Pero antes, hablemos claro y de frente. No estamos aquí para darnos golpes de pecho ni para asustarnos ante el libre ejercicio de la sexualidad.
El intercambio de contenido íntimo, el “sexting” o la exploración del erotismo a través de una pantalla, siempre que sea consensuado, respetuoso y entre adultos —repito, y en mayúsculas: ENTRE ADULTOS—, es una expresión válida y natural de nuestra época.
La mojigatez o la censura de la expresión sexual no nos van a salvar de los verdaderos depredadores. Lo que nos está destruyendo no es el deseo, sino la traición; no es la libertad sexual, sino las redes de trata y pedofilia, el abuso de confianza, la extorsión y la violencia sistemática que habitan en el lado oscuro de las redes sociales.
Cuando hablamos de las infancias, la línea de defensa debe ser absoluta e inquebrantable. Las niñas, niños y adolescentes no tienen la madurez para lidiar con depredadores y no deberían estar obligados a esquivarlos como si fuera el «costo normal» de tener un celular. Las cifras son una bofetada de realidad: en Nayarit, el ciberacoso acecha a casi la mitad (46.9%) de las adolescentes de entre 12 y 19 años. Por otro lado, en la Ciudad de México, el 13% de los casos reportados en menores de 30 años corresponde precisamente a niñas, niños y adolescentes. Protegerlos no se trata de arrancarles la tecnología de las manos, sino de desmantelar la impunidad, exigir que las plataformas rindan cuentas y educar para que el internet deje de ser un coto de caza para la pedofilia.
Hoy, ese rincón sombrío de internet ha convertido la intimidad en una mercancía y a las mujeres y menores de edad en su producto más lucrativo. Cuando un contenido compartido en la más estricta privacidad y confianza termina alojado en páginas web de pornografía sin el consentimiento de la persona, no estamos hablando de «un error de la víctima». Estamos hablando de un delito grave, de violencia sexual digital y, en muchos casos, del primer eslabón de redes organizadas.
A nivel nacional, el Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA) 2025 del INEGI revela que 19.4 millones de usuarios de internet a través de cualquier dispositivo fueron víctimas de ciberacoso. Las más vulnerables son las mujeres jóvenes de 20 a 29 años, quienes encabezan la incidencia nacional con un 28%. Y no es casualidad que el 37.2% de las personas que vivieron ciberacoso hayan sido contactadas mediante identidades falsas. Como bien se advierte, el anonimato de las plataformas hace que las personas se sientan más libres de expresar hostilidad sin tener que enfrentar a la víctima, lo que incrementa severamente los efectos negativos en la salud emocional.
El problema de fondo es la impunidad y la revictimización estructural. Cuando un contenido íntimo se filtra, la sociedad suele apuntar el dedo hacia la mujer que confió —y de revictimizar menores de edad, no hablemos—, en lugar de criminalizar al miserable que rompió el pacto de privacidad, abuso de una menor y lucró con su cuerpo. Y mientras la sociedad juzga bajo la lupa de la doble moral, las verdaderas mafias siguen operando a sus anchas.
Y aunque los datos son contundentes al demostrar que el ciberacoso tiene un marcado componente de género, sería un error y una injusticia obviar la otra cara de la moneda. No es aceptable, ni justificable, cuando estas dinámicas se invierten y son las mujeres quienes ejercen este tipo de acoso, violencia o extorsión hacia los hombres. Aunque las estadísticas dicten que el género femenino es el mayormente afectado, el dolor, la humillación y el daño emocional no son exclusivos de nadie. Sea hombre o mujer la víctima, la traición a la confianza íntima es la misma vileza y no debe ser tolerada bajo ninguna circunstancia.
Es momento de cambiar el discurso. Educar para la era digital no significa decirle a las mujeres que repriman su sexualidad o que le teman a su propio cuerpo, ni a las niñas que las nuevas tecnologías de la información son un monstruo; significa exigirle a las autoridades que actúen con inteligencia cibernética real, aplicando castigos severos, y a las plataformas tecnológicas que dejen de ser cómplices pasivos por omisión.
La libertad sexual es un derecho, la protección de las infancias una obligación; la traición y el abuso sexual digital es un crimen que debemos perseguir sin tregua.