Somos Nuestra Memoria por Boris González Ceja
Cada vez que se habla de prohibir los teléfonos celulares en las escuelas, el debate termina reducido a una falsa disyuntiva: ¿el problema son los dispositivos o los niños? La respuesta es más incómoda. El problema somos los adultos que hemos construido una sociedad donde la tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad para educar en su uso.
La mayoría de nosotros crecimos en una época donde una computadora era un lujo, internet era lento y salir a jugar con los amigos era la regla. Hoy, niñas y niños nacen con un teléfono inteligente al alcance de la mano, rodeados de algoritmos diseñados para captar su atención el mayor tiempo posible. No es un cambio menor: es una transformación profunda en la forma de aprender, convivir, pensar e incluso sentir.
La evidencia científica acumulada durante la última década muestra que el uso excesivo y sin supervisión de redes sociales puede asociarse con alteraciones del sueño, dificultades para mantener la atención, mayor ansiedad, problemas de autoestima y síntomas depresivos en algunos adolescentes. Pero sería un error culpar exclusivamente a las pantallas. La tecnología no educa; quienes educan —o dejan de hacerlo— somos los adultos.
Las redes sociales no solo entretienen: también moldean deseos, necesidades y expectativas. Los algoritmos conocen nuestras emociones mejor de lo que imaginamos y alimentan aquello que nos mantiene conectados. Para un cerebro en desarrollo, la búsqueda constante de aprobación mediante «likes», la comparación con vidas aparentemente perfectas y el miedo a quedarse fuera de una conversación pueden convertirse en una fuente permanente de estrés.
Por eso, el verdadero debate no consiste en si un niño debe tener o no un celular, sino en cuándo está preparado para utilizarlo y quién lo acompaña en ese proceso. Un dispositivo sin supervisión puede convertirse en la puerta de entrada al ciberacoso, la violencia, la pornografía, las apuestas en línea, la desinformación o las estafas digitales. En cambio, un uso guiado puede convertirse en una herramienta extraordinaria para aprender, crear y comunicarse.
Francia y otros países han impulsado restricciones al uso de teléfonos móviles en las escuelas buscando recuperar la convivencia, la concentración y el desarrollo de habilidades socioemocionales. No se trata de volver al pasado ni de satanizar la tecnología; se trata de recordar que ningún algoritmo puede sustituir una conversación en familia, un juego al aire libre o el aprendizaje que surge del contacto con otras personas.
Si eres madre o padre de familia, la recomendación no es espiar a tus hijos, sino acompañarlos. Conoce las aplicaciones que utilizan, establece horarios libres de pantallas —especialmente antes de dormir—, conversa sobre lo que consumen en internet y, sobre todo, conviértete en ejemplo. Resulta contradictorio pedirles que apaguen el teléfono mientras nosotros vivimos pendientes de una notificación.
La salud mental de niñas, niños y adolescentes no depende únicamente de las redes sociales. Depende de la calidad del vínculo con sus padres, del tiempo compartido, de los límites claros, del afecto y de la capacidad que tengamos como sociedad para enseñar que la vida ocurre mucho más allá de una pantalla.
Vivimos en una época donde la inteligencia artificial responde preguntas en segundos, pero cada vez más personas tienen dificultades para sostener una conversación de diez minutos sin mirar su teléfono. Tal vez el mayor desafío no sea enseñar a nuestros hijos a usar la tecnología, sino recordarles —y recordarnos— que ninguna pantalla podrá sustituir el valor de una mirada, una palabra o un abrazo.
Las personas que requieran terapia psicológica para sus hijos o adolescentes de manera virtual pueden encontrar en https://psicologiaydesarrollocomunitario.com/consultorio/ un espacio para su atención profesional, con psicólogos y psiquiatras comprometidos con su salud y bienestar.
Causas y azares:
– El escándalo en la UNAM por los tramposos del ingreso pone en el centro del huracán a esa mentada autonomía universitaria, que actúa como una dependencia donde todo se puede para sus amigos y no rinden cuentas del presupuesto que nos quitan en impuestos; otro robo nacional.
Los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, son un intento cada vez mayor para controlar al pueblo bueno y sabio sobre lo que se roban los políticos en turno; que al cabo son los mismos, solo se van rotando.
El mecanismo de protección a defensores de derechos humanos y periodistas, del que soy beneficiario, es un ente opaco e inservible, que se mantiene en el anonimato y sin funcionar. Mejor que nos den los apoyos directos, como propuso AMLO, de todos modos, es una mejora.
Nos estamos viendo, que los niños desconocen la sucesión, habitan el liviano presente, ignoran el deber de la esperanza y la gravedad del recuerdo.
www.facebook.com/psicologoclinicomexico
Sería facilísimo aceptar el cariño de alguien nada más para no sentirme sola, pero también sería súper injusto. Sería usar a otra persona como andamio para una obra que todavía no termino. Ya lo hice antes. Ya intenté llenar con abrazos ajenos los huecos que solo me tocaba reparar a mí, y la verdad es que nadie merece cargar con un peso que no le corresponde.
Lo más difícil, y quizá lo más honesto que he aprendido a hacer, es atreverme a decir: «Eres una gran persona, pero ahorita no puedo ofrecerte lo que buscas».
Siento que vivimos en una época donde decir «hasta aquí» se ve como egoísmo, y donde parece que siempre tenemos que estar disponibles para todos. Yo ya no quiero querer por miedo a estar sola, ni dejar que me quieran por pura necesidad. Quiero llegar al día en que pueda estar con alguien sin sentir que lo necesito para que me salve de mí misma. Quiero elegir estar ahí, no depender.
Mientras llega ese día, me toca hacerme compañía. Y sé que a veces no me soporto ni yo. Tengo insomnios donde la cabeza no me para, una ansiedad que aparece en los peores momentos y un humor que a veces ni yo entiendo.
Pero por fin aprendí a sentarme conmigo misma sin querer salir corriendo. A abrazarme cuando siento que todo me pesa, a pedir perdón por el daño que hice y, lo más importante, a prometerme no volver a lastimar a nadie solo porque yo me siento rota.
Esta versión de mí, la que sobrevivió a sus propios errores y pérdidas, se merece un ratito de paz antes de volver a abrirle la puerta a alguien. Así que, si a veces parezco distante, no es indiferencia. Solo estoy cuidando un lugar que me costó muchísimo reconstruir.
Porque después de tanto buscar dónde sentirme en casa, me di cuenta de que el hogar siempre llevó mi nombre.