A Pata por Erick Bortolotti
Hace diez años, una serie de televisión nos mostró un futuro que parecía demasiado absurdo para ser real. Las personas se calificaban unas a otras después de cada interacción y esas estrellas podían determinar desde dónde vivías hasta las oportunidades que tenías. Una sonrisa podía valer cinco estrellas; una mala experiencia podía quitarte una. Mientras más alta era tu calificación, más aceptado eras por la sociedad.
El episodio se llamaba “Nosedive”, de Black Mirror, y cuando se estrenó en 2016 parecía una advertencia sobre lo que podría ocurrir si algún día permitíamos que nuestra vida dependiera de la opinión de los demás.
Hoy, diez años después, quizá no caminamos por la calle con cinco estrellas flotando sobre la cabeza, pero tampoco estamos tan lejos de aquella realidad.
Nos califican en Uber, DiDi, inDrive, Uber Eats, restaurantes, hoteles y prácticamente cualquier plataforma que utilicemos. Calificamos al conductor, al pasajero, al repartidor, al restaurante y al servicio que recibimos. Una estrella más puede significar una buena experiencia; una menos puede cambiar la percepción que alguien tendrá de nosotros.
Pero las calificaciones ya no viven solamente en las aplicaciones. También están en las redes sociales, aunque tengan otra apariencia. Tienen forma de corazones, pulgares arriba, comentarios, seguidores, reproducciones y compartidos.
Y aquí es donde resulta muy fácil señalar a los jóvenes.
Decir que tienen el teléfono pegado a la mano, que no pueden dejar TikTok, Instagram o cualquier otra red social y que viven pendientes de cuántas reacciones tiene una fotografía. El problema es que, mientras señalamos al adolescente, probablemente tenemos a alguien más cerca haciendo exactamente lo mismo, solamente que con otra aplicación.
Sí, esa tía.
La que manda temprano al grupo familiar una imagen de flores, un amanecer o una taza de café acompañada de un mensaje: “Buenos días, que Dios bendiga tu día”.
Y empieza a revisar.
“Visto por 18 personas”.
“Contestó Lupita”.
“Contestó Juan”.
“Contestó nadie”.
Y si llega el mediodía sin respuesta, quizá aparezca la pregunta: “¿Están enojados conmigo?”
Nos reímos porque todos conocemos a una tía así. Pero, pensándolo bien, quizá ella solamente tiene una versión diferente del mismo mecanismo que nos hace revisar Instagram, Facebook, TikTok o WhatsApp una y otra vez.
Ella espera una respuesta en el grupo familiar. El joven espera los likes de una fotografía. Una pareja revisa los comentarios de la publicación que subió durante el desayuno. El influencer observa cuántas reproducciones tiene su video. Alguien elimina una fotografía porque no recibió las reacciones que esperaba.
Cambian las edades, cambian las plataformas y cambia la forma de buscar aprobación, pero la necesidad parece ser la misma: queremos sentir que alguien nos vio.
Algunas generaciones conocimos primero el mundo sin redes sociales y después llegó el teléfono inteligente. Ellos crecieron con la vitrina ya instalada. Y eso abre una pregunta mucho más interesante que señalar quién pasa más tiempo frente a una pantalla:
¿Qué pasa cuando una generación aprende a construir su identidad mientras permanentemente está siendo observada?
Quizá la respuesta no sea exclusiva de una generación, porque todos terminamos entrando en esa vitrina.
Hoy podemos ir a un concierto y levantar inmediatamente el teléfono para grabar al artista. Podemos ir a un partido y tener la cámara preparada para registrar el gol. Podemos estar frente a nuestro luchador favorito o escuchar una canción que esperamos durante años y, en lugar de simplemente disfrutar el momento, sacamos el teléfono. Ya ni lo pensamos: lo hacemos en automático.
Hay personas que están frente a un escenario viendo a su artista favorito a través de la pantalla de seis pulgadas de su teléfono. El artista está cantando en vivo y ellos están grabándolo para después verlo… en una pantalla. ¡Cuando ya tenían el espectáculo enfrente!
No hay nada malo en guardar recuerdos. El problema comienza cuando guardar el recuerdo deja de ser suficiente y necesitamos demostrarle a alguien más que estuvimos ahí.
No solamente queremos escuchar la canción; queremos demostrar que estuvimos en el concierto. No solamente queremos saborear la comida; primero queremos fotografiarla. No solamente queremos conocer un lugar; queremos que alguien sepa que estuvimos ahí.
El teléfono dejó de ser solamente una herramienta para registrar recuerdos y se convirtió en una especie de testigo al que tenemos que demostrarle que nuestra vida está ocurriendo.
Y eso también lo veo todos los días arriba de un Uber. Parejas, amigos, jóvenes y no tan jóvenes van pegados al teléfono hablando de los comentarios que recibió la fotografía del desayuno, de quién reaccionó a la publicación de la mañana o de cuántas personas vieron determinada historia.
La vida está sucediendo dentro del automóvil, pero la conversación está ocurriendo en la pantalla.
Entonces aparece una pregunta todavía más interesante: ¿por qué hacemos esto?
¿Por qué publicamos algo y unos minutos después sentimos la necesidad de regresar para ver quién reaccionó?
¿Por qué una fotografía puede hacernos sentir bien cuando recibe cien likes y hacernos dudar cuando solamente recibe cinco?
Aquí aparece un mecanismo conocido como bucle de recompensa. Nuestro cerebro aprende de las recompensas y la incertidumbre puede hacer que una conducta resulte especialmente atractiva. No sabemos exactamente qué vamos a recibir cuando publicamos algo, y precisamente por eso regresamos a comprobarlo.
La comparación con una máquina tragamonedas resulta inquietante: metes una moneda, jalas la palanca y no sabes qué va a salir. En las redes sociales sucede algo parecido. Publicas una fotografía, revisas, no sabes cuántos likes tendrá y vuelves a revisar. Publicas una historia, miras quién la vio y esperas alguna respuesta. Y cuando llega una reacción que no esperabas, quieres otra.
La dopamina participa en los sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación y el aprendizaje, pero reducir todo esto a decir que “los likes nos dan dopamina” sería demasiado sencillo. Lo interesante es que las recompensas sociales pueden convertirse en señales que aprendemos a buscar y repetir.
Y entonces ocurre algo que quizá vale la pena detenernos a pensar.
Ya no publicamos únicamente porque tenemos algo que decir.
A veces publicamos porque queremos saber qué tan bien nos van a calificar.
Queremos mirar, pero también queremos ser mirados.
Queremos saber qué hacen los demás, pero también queremos que los demás sepan qué hacemos nosotros. Queremos consumir contenido, pero también queremos convertirnos en contenido.
Y tal vez por eso Nosedive resulta tan incómodo cuando lo volvemos a ver diez años después.
Porque aquel mundo no necesitaba realmente cinco estrellas.
Nos bastaron los likes.
Los corazones.
Los comentarios.
Los seguidores.
Las reproducciones.
Las reseñas.
Las calificaciones.
Hemos construido una versión mucho más discreta de aquella sociedad. Una en la que nadie nos obliga a mostrar nuestra vida, pero en la que nosotros mismos decidimos ponerla en exhibición.
La tía quiere que le contesten el “Buenos días”. El joven quiere sus likes. El influencer quiere alcance. El restaurante quiere cinco estrellas. El conductor quiere conservar su calificación. El pasajero quiere una buena reseña.
Todos queremos, de alguna manera, escuchar lo mismo:
“Te vi. Me gustó. Te apruebo”.
Y quizá ese sea el verdadero asunto.
Las redes sociales no inventaron nuestra necesidad de aceptación. Esa necesidad ya estaba ahí. Lo que hicieron fue convertirla en números.
Ahora podemos saber cuántas personas aprobaron una fotografía, cuántas vieron una historia, cuántas reaccionaron a una publicación y cuántas decidieron seguirnos.
Antes preguntábamos: “¿Cómo te fue?”
Hoy muchas veces preguntamos: “¿Cuántos likes llevas?”
Hace diez años, Black Mirror nos mostró una sociedad obsesionada con las calificaciones y pensamos que era una exageración.
Quizá no predijo exactamente el futuro.
Quizá simplemente entendió algo sobre nosotros antes de que nosotros mismos quisiéramos reconocerlo.
Porque hoy no necesitamos que alguien nos coloque cinco estrellas sobre la cabeza.
Nos calificamos solos.
Todos los días.
Y mientras caminamos con el teléfono en la mano, mientras fotografiamos lo que comemos, grabamos lo que escuchamos, mostramos dónde estamos y esperamos que alguien reaccione, quizá deberíamos detenernos un instante y preguntarnos:
¿Cuántas de las cosas que hacemos hoy seguiríamos haciendo si nadie pudiera verlas?
Tal vez la respuesta nos diga algo más importante que cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla.
Tal vez nos diga cuánto de nuestra vida seguimos viviendo para nosotros y cuánto estamos viviendo para demostrarle a los demás que la estamos viviendo.
Porque, después de todo:
Sonríe, te están calificando.