A Pata por Erick Bortolotti
Hace unos días me subí a un microbús y me encontré una escena que, hace apenas unas semanas, habría parecido imposible.
Sobre el tablero, donde normalmente hay estampitas, un reloj que ya dejó de dar la hora o una bocina que pide a gritos la jubilación, alguien había colocado una pequeña pantalla que no transmitía una película ni un video musical. ¡Transmitía el Mundial!
Nadie iba viendo el celular, nadie platicaba, todos tenían la mirada puesta en el mismo lugar… y cuando cayó el gol; el chofer sonrió sin dejar de esquivar el tráfico, un señor levantó el puño desde el último asiento, una señora aplaudió mientras abrazaba las bolsas del mandado y un niño preguntó cuánto faltaba para que terminara el partido.
Lo curioso no fue el gol, lo curioso fue que durante noventa minutos, más de treinta desconocidos dejaron de ser pasajeros para convertirse en la misma afición.
Y esa escena no ocurrió solamente en un microbús.
Se repitió en oficinas donde el trabajo se detuvo unos minutos; en restaurantes que cambiaron la música por la narración del partido; en un Uber donde el conductor improvisó una pantalla para que los pasajeros no se perdieran el encuentro; en casas donde uno llevó las botanas, otro las cervezas, alguien puso la carne para el asador y otro prestó la televisión.
Sin darnos cuenta, dejamos de hablar de la Selección Mexicana y empezamos a hablar de «mi Selección.»
Y entonces llegó la eliminación, se acabó el Mundial para México; pero no se acabaron las ganas de seguir perteneciendo.
Fue ahí cuando ocurrió algo que, visto con calma, «resulta fascinante, ¡apareció Noruega!».
No porque de un día para otro nos hubiéramos convertido en expertos del fútbol escandinavo; tampoco porque supiéramos la historia de sus clubes o la alineación completa de su selección.
La mayoría encontró en Haaland y en aquellos vikingos una forma de seguir jugando el partido que México ya no podía disputar.
Las redes sociales hicieron el resto.
De pronto aparecieron remos, cascos, trenzas rubias, fotografías generadas con inteligencia artificial abrazando a Haaland y hasta quienes, entre broma y broma, juraban que siempre habían sospechado que por sus venas corría sangre vikinga.
No era solamente humor… era identidad.
Noruega dejó de ser una selección europea para convertirse, durante algunos días, en la selección de quienes necesitaban seguir jugando el Mundial.
Y cuando los vikingos quedaron eliminados, muchos volvieron a buscar otra camiseta, otra bandera y otra historia a la cual pertenecer.
Porque en el fondo, nunca estuvimos buscando una camiseta. Estábamos buscando seguir sintiéndonos parte de algo.
La investigadora Colleen P. Kirk llama a ese fenómeno propiedad psicológica: esa capacidad que tenemos para sentir que algo nos pertenece, aunque legalmente nunca haya sido nuestro.
Por eso hablamos de mi barrio, mi café de siempre, mi ciudad, mi gastronomía, mi equipo o mi país.
No porque tengamos las escrituras de esas cosas, sino porque las sentimos parte de quienes somos.
El Mundial nos regaló uno de los ejemplos más claros de ese fenómeno. Nos recordó que los mexicanos no sólo sabemos unirnos cuando llega la tragedia; también sabemos hacerlo cuando llega la alegría.
Somos capaces de convertir un microbús en un estadio, una sala en una tribuna y una carne asada en una ceremonia futbolera.
Quizá por eso fracasan tantos intentos por sentirse cercanos a la gente.
Porque el sentido de pertenencia nunca ha obedecido a una estrategia de comunicación.
Nadie decide querer algo porque se lo pidan. Lo quiere porque lo hizo suyo.
Mientras algunos intentan fabricar cercanía, hay emociones que simplemente ocurren.
Nadie tuvo que pagarle a millones de personas para reunirse frente a un televisor, comprar las botanas, llevar la carne para el asador o improvisar una pantalla en un microbús. Lo hicieron porque esa historia también les pertenecía. Ahí está la diferencia.
El sentido de pertenencia no se pauta. Se construye.
Las campañas pueden comprar atención. Incluso pueden reunir personas durante unas horas.
Pero hay algo que el dinero todavía no ha aprendido a comprar: ese instante en el que alguien, sin que nadie se lo pida, deja de decir “la Selección” para empezar a decir “mi Selección”.
Porque las cosas más valiosas que sentimos nuestras casi nunca las compramos.
Simplemente, un día, las adoptamos.