#NotasAlAire por Ginna Medina
México tiene una capacidad conmovedora para acudir al dolor ajeno.
Cuando un desastre natural golpea, dentro o fuera del país, aparece una versión luminosa de nosotros: rescatistas, civiles, médicos, soldados, marinos, binomios caninos, voluntarios que no preguntan ideología ni nacionalidad antes de tender la mano. Ahí está, por ejemplo, el envío de aviones mexicanos con personal especializado, insumos médicos, herramientas y perros de búsqueda tras el terremoto en Venezuela. Es una imagen poderosa: México llegando a otro país para buscar vida donde otros solo ven ruinas.
Esa nobleza no debe minimizarse. Sería mezquino negar la labor humanitaria de quienes se meten entre concreto, polvo y riesgo para rescatar desconocidos. En los desastres, México suele ser admirable. El problema es que esa grandeza convive con una pregunta incómoda: ¿por qué somos tan rápidos para mirar hacia afuera cuando tiembla la tierra, pero tan lentos para mirar hacia adentro cuando desaparecen personas?
El claro de México está en su solidaridad. El oscuro, en su costumbre de normalizar la tragedia. Human Rights Watch (HRW) advierte que el país sigue atravesado por violencia extrema, impunidad, desapariciones y abusos militares. Su informe de 2026 habla de más de 130 mil personas desaparecidas registradas oficialmente hasta 2025, de homicidios con bajísimo acceso a la justicia y de familias buscadoras expuestas a amenazas y asesinatos -recientemente ocurrió el asesinato de la madre buscadora Patricia Negrete Tafoya-. No se trata de una estadística fría: se trata de madres que aprendieron a usar palas porque el Estado no supo usar sus instituciones.
Ahí está la contradicción más brutal. México manda perros entrenados a encontrar personas atrapadas bajo edificios, pero muchas madres mexicanas tienen que buscar restos humanos con varillas, cubetas y sus propias manos. El país que presume brigadas de rescate no ha sabido garantizar búsqueda, justicia ni protección suficiente para las Madres Buscadoras. Y mientras ellas excavan la tierra, demasiadas autoridades excavan pretextos.
También las Fuerzas Armadas encarnan ese claroscuro. Hay soldados y marinos que han salvado vidas en terremotos, huracanes e inundaciones. Hay personal militar que ha trabajado con disciplina y humanidad en emergencias. Pero esa imagen no cancela la otra: la de una institución señalada por tortura, desaparición forzada, ejecuciones extrajudiciales y abuso de poder. La propia CNDH registra recomendaciones dirigidas a SEDENA por violaciones graves a derechos humanos. HRW también documenta acusaciones y patrones preocupantes. Un uniforme puede cargar víveres en una zona devastada; también puede cargar impunidad si no existe control civil, transparencia y rendición de cuentas.
El Mundial 2026 exhibe otro espejo.
En las sedes mexicanas hay fiesta, turismo, consumo, camisetas, himnos y plazas llenas. Pero también ha mostrado que en regiones golpeadas por el crimen organizado la celebración ocurre con miedo, puertas cerradas y festejos contenidos. En algunas comunidades, el gol no alcanza para tapar el sonido de las balaceras. En Los Cabos, medios reportaron un atropellamiento masivo durante festejos mundialistas, con varios heridos. La postal mundialista es alegre, sí, pero no está limpia de violencia.
Ese es el México que incomoda: el que canta “Cielito lindo” con el pecho abierto mientras hay familias que no pueden cantar porque siguen buscando a alguien. El que se organiza para mandar ayuda humanitaria al extranjero, pero permite que sus víctimas internas mendiguen atención. El que convierte la tragedia natural en causa nacional, pero vuelve rutina la tragedia humana que ocurre dentros de sus fronteras.
México no necesita dejar de celebrar ni dejar de ayudar afuera. Necesita ampliar su compasión. Que la solidaridad que aparece ante un terremoto aparezca también ante una madre buscadora. Que la eficacia del rescate se parezca a la eficacia de la justicia. Que el orgullo por nuestras Fuerzas Armadas no impida investigar sus abusos. Que el Mundial no sea una cortina de confeti sobre las fosas.
Porque un país no se mide solo por cuántas vidas rescata bajo los escombros de otros. También se mide por cuántas vidas busca, protege y dignifica en su propia tierra.