#NotasAlAire por Ginna Medina
En fechas recientes, a mi casa -que es su casa- ha estado llegando propaganda política; quizá adelantada, quizá justificada, pero propaganda al final. Materiales de distintos actores políticos locales, sobre todo de quienes ya están en plena carrera por aparecer en la siguiente boleta electoral: calendarios, fanzines, flyers, todo aquello que sirva para hacerle llegar a la ciudadanía el mensaje de que ellos, él, ella, elles o elle son los “buenos”, los ‘meros meros’ para seguir gobernando o para llegar al poder.
No soy ajena al uso de estas herramientas. En las campañas electorales, el espectacular, el volante, los fanzines, las gorras, los paraguas, las camisetas y los pendones -todo lo físico: papel, plástico, tela- tienen un objetivo claro y medible desde la lógica de la Comunicación Política tradicional: conseguir visualizarse en el imaginario electoral, construir simpatías y, eventualmente, convertirlas en votos en las urnas.
Sin embargo, en un mundo que apuesta cada vez más por las Tecnologías de la Información, la Inteligencia Artificial y las plataformas digitales -donde un buen reel en ‘TikTok’ puede alcanzar a millones de personas- surge una pregunta estratégica inevitable: ¿por qué candidatas, candidatos, candidates y partidos políticos siguen privilegiando la propaganda física sobre su versión digital? ¿Compromisos económicos con proveedores tradicionales?, ¿inercia operativa?, ¿miedo al cambio?
Lo cierto es que el tema ya no es opcional. La transición hacia una comunicación política más sostenible no solo es deseable, es urgente. Nuestro único hogar en este vasto universo lo está exigiendo.
De acuerdo con datos disponibles, tan solo en la campaña electoral de 2024 y únicamente en la Ciudad de México, se generaron cerca de 30 MIL TONELADAS1 de lo que se denomina “basura electoral”. No cuesta mucho imaginar la magnitud de esta cifra a nivel nacional, ni pensar -con preocupación- en lo que ocurre en estados como Nayarit, donde el control y la gestión de residuos suele ser aún más limitada.
Hoy ya estamos viviendo los efectos del cambio climático y la pérdida acelerada de nuestro entorno natural. Aun así, en cada proceso electoral -incluidas las campañas anticipadas, legales o no- seguimos sumando miles de toneladas de desechos a la Tierra. Desde una perspectiva de estrategia electoral contemporánea, esta práctica no solo es ambientalmente insostenible, también resulta comunicacionalmente contradictoria frente a un electorado cada vez más informado y sensible a las causas ambientales.
Por ello, esta columna aspira, al menos, a llegar a algún partido o personaje político que se asuma verdaderamente verde, ecologista o progresista; que esté dispuesto a traducir ese discurso en decisiones estratégicas reales y no en una promesa más de campaña. Porque, seamos claros: la gorra, el pendón, el calendario y la supuesta ‘carta de amor’ al electorado terminan, en la mayoría de los casos, tirados en la calle, pisoteados, rotos y, en el peor escenario, contaminando suelos, ríos y mares, contribuyendo -de manera silenciosa pero constante- a la destrucción lenta de nuestro planeta.
Si la estrategia electoral busca conectar con el presente y el futuro, quizá sea momento de entender que comunicar también implica hacerse responsable del impacto que se deja atrás.
1.- El ‘tsunami’ de 30.000 toneladas de basura electoral que golpea a Ciudad de México, https://elpais.com/mexico/elecciones-mexicanas/2024-04-06/el-tsunami-de-30000-toneladas-de-basura-electoral-que-golpea-a-ciudad-de-mexico.html.